ENTREVISTA - LUISA ETXENIKE - EL DIARIO VASCO

Los destrozos vitales y familiares que padece un amenazado por ETA obligado a cambiar Donostia por París se entremezclan con dos historias de miedos y una exposición fotográfica en 'Absoluta presencia', la novela de Luisa Etxenike que retoma el conflicto vasco justo ahí donde lo dejó hace diez años en 'El ángulo ciego'. Etxenike (Donostia, 1957) considera que «el nivel de vida y la belleza de San Sebastián han actuado como un biombo que ocultaba la realidad» y señala que «la contradicción que suponía atravesar una calle llena de pintadas amenazantes para ir a cenar a un restaurante me resultó invivible».

 

- Da la impresión de que ha tenido que realizar una gran esfuerzo de contención para dar a esta historia un tamiz literario y evitar que se convirtiera en un exabrupto.

 

- Siempre reflexiono mucho sobre la forma porque, en especial cuando trato asuntos duros y relacionados con el sufrimiento o la violencia, tiene que expresarlos de manera que muevan más al conocimiento y la comprensión del fondo del asunto que a la emoción. Decía Hermann Broch que «la única moral de la novela es el conocimiento» y lo comparto. Las obras artísticas nos tienen que ayudar a ir más lejos en ese conocimiento y, por lo tanto, la forma debe procurar no limitarse a la emoción.

 

- ¿Cuál es el embrión de esta historia de violencia?

 

- Desde hace mucho tiempo, y es algo que ya estaba en 'El ángulo ciego', me interesa cómo lo viven los más vulnerables, que son los jóvenes y los niños. En este caso, quería escribir sobre cómo lo han vivido los niños de aquí, los hijos de, por ejemplo, padres amenazados. Probablemente, todo parte del personaje de Ada y del de Luc, otro niño con otros miedos y en otro lugar. Tiene que ver con la pasarela entre el mundo de los adultos y el de los más jóvenes.

 

- Una pasarela que, en el caso de esta novela, es el miedo, un hilo de recorre toda la trama.

 

- Claro, lo que pasa es la novela está construida en ecos. El miedo de ese niño, ajeno a lo que sucedió en Euskadi, es el miedo del que se libra Ada porque sus padres la sacan de aquí y se van a París. Parafraseando a Julio Cortázar, se podría hablar de «todos los miedos, el miedo». La novela parte de una infancia sin miedos al lado de otra con miedos.

 

- Describe también las repercusiones que la amenaza de muerte tiene en todo el entorno del amenazado.

 

- En el seno de la familia y en la intimidad de las parejas porque la decisión de valentía que uno puede tomar tiene consecuencias para su mujer y para su familia. Hablamos del terrorismo como asunto público porque evidentemente nos afecta como sociedad, pero entró muy dentro en la experiencia íntima de las familias.

 

- Cuando decimos que debemos hacer un ejercicio de memoria y contar lo que aquí ha pasado, ¿hasta dónde debemos remontarnos?

 

- Decimos 'ejercicio de memoria' y pienso que deberíamos decir 'ejercicios de memorias', en plural, puesto que a veces la memoria puede abarcar un período corto de tiempo y, sin embargo, ser profundamente significativa. Diría que en cada uno de nosotros hay un momento fundacional en el que somos conscientes de lo que está pasando.

 

- En su caso, ¿cuál fue?

 

- Es difícil elegir uno, pero quizás diría que es el hecho de hacer tu vida normal y para conseguirlo, obviar que estás recorriendo una calle en la que hay pintadas con amenazas contra alguien, al término de la cual hay un restaurante en el que vas a cenar y a pasártelo bien. Es algo que me ha llevado, por ejemplo, a evitar determinados lugares de esta ciudad y su entorno. Esa contradicción me ha resultado invivible porque no podía compatibilizar el recorrido con el destino.

 

- De hecho, recorrer Donostia es atravesar sitios en los que se cometieron asesinatos. ¿Hasta qué punto los hechos contaminan los lugares?

 

- Mientras escribía, pensaba: en la ciudad más bella es donde ETA más ha matado. San Sebastián simboliza esa interrogación del extremo horror al lado de la extrema belleza. ¿Cómo pueden ser los amaneceres tan hermosos cuando resulta que ETA acaba de matar?, se pregunta un persona en la novela.

 

«Cuando abordo temas duros, quiero mover más al conocimiento que a la emoción»

 

«Donostia simboliza esa interrogación del extremo horror al lado de la extrema belleza»

 

«Me resultó invivible la contradicción que es atravesar una calle con pintadas para ir a cenar»

 

«Mirar es todo lo contrario a una actitud pasiva porque obliga a participar activamente»

 

- La naturaleza tiende a ignorar esas cosas...

 

- Sí, la naturaleza no se conmueve. La interrogación está en cómo se conmueve la naturaleza humana.

 

- Esa cuestión se extiende a la eclosión de la gastronomía o la vivienda a precios de lujo en un clima de violencia. Eso no pasó en Belfast, pero sí sucedió aquí.

 

- Ésa era la interrogación, en primer lugar para mí como autora, y a continuación, para el protagonista. ¿Dónde ponemos la mirada cuando nuestro entorno es atractivo y de calidad de vida? En esas condiciones de bienestar, la tentación de no mirar es muy fuerte y la novela incide en ese aspecto.

 

- El protagonista se refiere a Donostia como 'ciudad Potemkin'.

 

- Claro, porque nuestra calidad de vida y ese atractivo de la ciudad han actuado como un biombo que ocultaba la realidad. Remite a la imagen de esas 'ciudades Potemkin' en las que si te quedas con las fachadas no te enteras de lo que hay.

 

- ¿Sería un fenómeno extensible a otras ciudades de España durante el franquismo? Al fin y al cabo, muchas han crecido en la convivencia entre el delator y los deudos del delatado, y sigue habiendo fosas en las cunetas, justo al lado de las carreteras.

 

- Sí, eso también, lo que pasa es que la atmósfera del franquismo era más gris y la represión se vivía en lo cotidiano en unos tiempos mucho más grises, con lo cual, era más difícil olvidar en tiempo real. En cambio, aquí hemos podido vivir en tiempo real la belleza, el esplendor y la fiesta al lado de la experiencia del horror, del miedo, de la amenaza y el duelo.

 

- ¿Es un éxito de la violencia establecer una especie de 'cuarentena' que aísle a la víctima?

 

- Yo creo que esa soledad, desamparo e intemperie de las víctimas no es el triunfo de los violentos, sino la responsabilidad de la sociedad. Y podríamos ver ahí nuestro fracaso cuando permitimos que existen esas intemperies en las que conciudadanos nuestros viven con la sensación de que no van a ser protegidos por los que tienen más cerca. Está en las manos de la sociedad amparar a los más vulnerables y desprotegidos.

 

- ¿Tenía miedo a caer en el sermón o incluso simplemente en el didactismo?

 

- Escribí 'El ángulo ciego' hace diez años y las reflexiones de entonces me han servido también ahora. En las novelas no tiene que haber discursos, sino experiencias encarnadas en los personajes, pero éstos pueden expresar ideas, opiniones y convicciones. La transformación de algo discursivo en una convicción expresada en singular es lo que evita que suene a sermón. Yo, desde luego, trato de evitarlo totalmente. En este caso, he combinado vivencia y emociones con pensamientos de los personajes, para que cada cosa quede equilibrada en su sitio.

 

- Otro riesgo: escribir para los convencidos de antemano.

 

- Cuando consigues estar cerca de una vivencia humana -y la novela insiste mucho en que la experiencia de uno sea la de muchos-, desaparecen el concepto de 'tus lectores' y el de 'los otros lectores'. El texto está abierto a la lectura. Y en la medida en que esta novela aborda varias temáticas, no sólo la violencia en Euskadi, sino también las de la gente que está viviendo en la calle, la exclusión social o la de los que viven en caravanas, y se mezclan la solidaridad y lo contrario, el miedo y lo contrario, o el amor a pesar de todo, es una forma de que unos miren lo otro y los otros, lo uno.

 

- Precisamente, frente a la teoría que considerar que mirar equivale a pasividad, la novela reivindica la mirada como un ejercicio activo.

 

- Mirar es todo lo contrario a lo pasivo. Es atender y esto constituye una participación absolutamente activa. La cuarta parte de la novela aborda cómo un artista expone unas fotografías que obligan a quien está al otro lado a participar activamente. Un personaje dirá que la memoria no es un contenido, sino una actitud y la mirada, lo mismo: no es tener un objeto delante, sino una actitud. Recordaremos aquello que queramos recordar, dependiendo de cómo nos involucremos en la historia y también en el presente. El diseño de la obra artística que el personaje de la joven fotógrafa tiene que ver con despertar ese apetito de mirada y de memoria.

 

- También lo que llamamos «mirar hacia otro lado» implica una decisión y una participación.

 

- Efectivamente. Ésta es una novela sobre la mirada. Mirar o no mirar, hacerlo de forma esquinada o de frente son actitudes humanas, producto de nuestra libertad y de nuestra responsabilidad, las asumamos o no, pero es importante. Las sociedades y las personas más felices son las que más y mejor miran porque son las que saben está pasando a su alrededor.

 

- El verdugo elige serlo, pero la víctima no y el testigo, tampoco.

 

- Exacto. El verdugo elige y si hablamos de miradas, hay que detenerse en cómo lo hace el que toma a otro como objetivo. Hay una precisión que merece que devolvamos la atención sobre esos hechos. Naturalmente que no queremos que aquello se vuelva a repetir, pero esa pasa por enseñar a las nuevas generaciones, no sólo lo que pasó, sino cómo deberían situarse ahora frente a lo que sucede en otros ámbitos.

 

- Las nuevas generaciones, ¿son una causa perdida respecto al conocimiento de nuestra historia reciente?

 

- No, perdida no. Sabemos que conocen muy poco. Tienen mucha información disponible, pero encontrar en Google no equivale a saber. La ilusión que produce el creer que lo sabes porque lo has encontrado de forma instantánea no es un conocimiento que se incruste en ti. Lo sucedido aquí no es solamente una cuestión de información, sino que también implica una tarea pedagógica. El paso de la información al conocimiento es complejo y se debe realizar a través de una pedagogía y, en este sentido, el arte, las películas, la literatura servirán de mucho porque encarnan esa experiencia, pero cuando pensamos en el estudio publicado en julio del año pasado, en el que la mitad de los universitarios no sabían quién era Miguel Ángel Blanco, indica que ha habido una dejación por parte de la institución educativa. Tiene que haber un equilibrio entre la responsabilidad personal y el esfuerzo de las instituciones públicas por facilitar el acceso al conocimiento.

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27 .- JUNIO

- por ALBERTO MOYANO

ENTREVISTA

LA BELLEZA Y LA CALIDAD DE VIDA DE DONOSTIA FUERON UN BIOMBO QUE OCULTÓ LA REALIDAD

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